Hala Madrid y nada más

Un día mi papá me hizo sentar en un tronco caído, empezó a hablar de sus tantas historias, cosas que hasta el día de hoy me pregunto si son reales o no. Admito que me encantaba prestarle atención, aunque a veces no le entendiera o yo estuviera apurado por ir a jugar, pero entre tantas historias, entre tantas palabras complicadas y amorosas, llegaría algo que cambiaría totalmente mi vida.

— ¿Te gusta el fútbol?, entonces tienes que ver al Real Madrid. A tu edad, tu abuelo me enviaba cartas que me leía mamá, decía que había visto por la tele a un equipo que hacía magia con la pelota, que la saeta (Di Stefano) tocaba pim pam pum y gol. ¿no conoces a la saeta? Vení. — dijo.

Esa tarde me enseñó un betamax con fragmentos de los grandes goles, de los grandes jugadores, del más grande equipo de todos: el Real Madrid. No puedo explicar lo entusiasmado que estaba al ver el pase de Di Stefano a Puskás o algún remate de Gento o la asistencia de Kopa. Papá solo podía decir “mirá, mirá”, “qué lujosito ¿no?”. No pude sacar de mi mente la alegría contagiosa de mi padre al explicar lo mucho que le gustaba el fútbol, lo fascinante que era ir a la bombonera (si también somos del Boca) y cantar al ritmo del gol colectivo, del olé táctico, del quite limpio y del pitazo final.

Desde entonces he tenido tantos amores, decepciones, alegrías y euforias ensordecedoras, pero nada se compara con la volea de Zidane, con el cabezazo de Ramos, con la Copa de España del 2014 o con el: ¡Hala Madrid, Hala Madrid, Hala Madrid!

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