En marcha.

Tienes todo ordenado sobre tu cama o sobre el piso. Todo está empacado. Luchas con el peso y las cosas esenciales, todas lo son: la libreta que compraste, el libro caprichoso, la docena de lápices sin sentido, el adorno cool. Respiras con tranquilidad porque sabes que todo se renueva y es ahí cuando el miedo empieza a funcionar.

¿Dónde empacas las risas y cientos de emociones más? Puedes conservar el ticket del tren, pero la sensación se perderá en la existencia para siempre; las manos tiemblan y te frustras porque como quien desea agarrar agua con las manos abiertas, todo es inútil. No debería ser triste, pero lo es. Las caminatas, las fotos, las sonrisas, las largas e interminables charlas, las 24 horas de los días que no se repetirán, el ridículo ruido de esa etapa que estás cerrando, ¿dónde las empacas?

Te pones un poco adolescente y lágrimas gruesas te sacuden el instante. Entonces, todo lo que te hizo feliz te lo echas encima: lo guardas en tu piel, en tus sentidos. Confías en esos detalles para activarlos luego en tu memoria y sonreír porque fuiste feliz, y que ese sueño no te lo podrán quitar.

La vida y su sin número de etapas te sobrecarga de cosas y te despoja de otras. La memoria es lo único que queda, y también el corazón nutrido de cosas buenas que siempre terminarán haciéndonos mejor.

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