Si he de quebrarme, te alabaré.

Todos hemos pasado por momentos en el que el mundo se nos acaba, momentos en el que te preguntas ¿qué hago ahora? Y solo hay desorientación y miedo, dudas y la sensación que tu corazón no puede más. Estas situaciones van desde la muerte de alguien, desde una ruptura amorosa hasta un desempleo, o simplemente una confusión existencial y de identidad. Sin embargo, ¿cómo mi desesperación puede convertirse en esperanza?, la respuesta no es un conjunto de tips o una verdad científica, la respuesta es Cristo que, sin temor a fallar, estoy seguro que es lo que necesitamos para salir del hoyo depresivo y de desesperanza.

Conocemos la historia del rey David, cuya vida está colmada del amor de Dios, su misericordia y justicia. En uno de los innumerables salmos de su autoría, David desea dejar claro lo que el siente, y aunque no se tenga palabras precisas para describir la angustia y necesidad de algo, logra compararlo con la sed, ¿te imaginas tener sed y no tomar agua? Es la muerte, es agonía y tal como el ciervo jadeante requiere de agua, David necesitaba de Dios perpetuamente. En el Salmo 42 el rey nos muestra su sentir, su inmensa desesperación por su Creador.

La depresión no es más que la ausencia de un motivo más poderoso que el que anhelamos en lo banal y pasajero, es simplemente la falta de Dios y su gracia, su sola presencia y favor. Por ello, David entre su «Mis lágrimas son mi pan de día y de noche» (v. 3), antepone el «Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser» (v. 1) y es ahí cuando el amor del Señor obra y limpia la lágrima de tristeza, para que brote la que es de sumo gozo.

Todos nosotros somos tan imperfectos que, de lo vacíos e incompletos que estamos, buscamos llenar el lugar que le corresponde a la oración, y eso es lo que David practica para transformar la angustía en calma y la tristeza en gozo. No solo dice que tiene sed de Dios, sino que lo pide, lo necesita y, aunque podríamos tener el corazón hecho pedazos seguiríamos con «¿Por qué voy a inquietarme? ¿Por qué me voy a angustiar? En Dios pondré mi esperanza y todavía lo alabaré» (v. 5), la oración, la búsqueda de Dios convierte la desesperación en esperanza; orar es la hermosa respuesta a la depresión.

Podríamos definir nuestro paso por la vida como una sucesión de rupturas, pruebas, agravios y cosas que la aflicción solo nos carcomerá de a poco. Sin embargo, nuevas criaturas somos en Cristo y nuestros ojos deben estar puestos solo en Él.

El hoyo de la tristeza y desesperación solo nos dejará inmersos en decisiones erróneas, en salidas que enredarán nuestro camino y en respuestas que están lejos del Dios de nuestra salvación.

Tener sed de Dios y anhelarlo conlleva a la oración y a la fe inquebrantable que solo es obra del Señor. Dios tiene el control, la voluntad perfecta, el pensamiento de bien y en nuestras lágrimas su perfección es incomprensible.

En los momentos en que se nos acaba el mundo «En Dios pondré mi esperanza, y todavía lo alabaré. ¡Él es mi Salvador y mi Dios!» (v. 11).


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